Sargazo en Perú: el trabajo de recolección de las mujeres de la Reserva Nacional Paracas

Un grupo de mujeres recolecta el sargazo en Perú y transforma ese residuo en nuevos productos. Un proyecto de impacto ambiental y social.

En la Reserva Nacional Paracas, las mujeres cumplen un rol fundamental en el mantenimiento de la salud del ecosistema. Allí, trabajan activamente en la recolección de uno de los problemas ambientales “modernos”: el sargazo en Perú.

Ubicada a 250 kilómetros de Lima, capital del país, la gran Reserva Nacional Paracas abarca unas 335 mil hectáreas de extensión y alberga un gran porcentaje de biodiversidad. Su importancia, sin embargo, no está solo en la presencia de flora y fauna, sino también en su archivo arqueológico.

Creado en 1975, el objetivo (explican las autoridades peruanas) es “conservar ecosistemas marino costeros y su diversidad biológica amenazadas. Asegurar el aprovechamiento responsable de los recursos hidrobiológicos. Proteger el patrimonio arqueológico cultural para su uso turístico y el bienestar de la población”.

Allí, además, desde hace 15 años, también hay lugar para el crecimiento sostenido de los derechos laborales de las mujeres peruanas, en una travesía que comenzó de manera casual y que hoy es una tarea instalada en la zona.

Un trabajo que nació por necesidad y se volvió indispensable

Sin lugar en la pesca, una actividad destinada exclusivamente a los hombres, empezaron a recolectar un desecho que se acumulaba en las costas de la Reserva: el sargazo. Teniendo en cuenta que la Reserva tiene 35% de tierra y 65% de aguas marinas, la zona de acción es amplia.

Su nombre científico es Macrocystis pyrifera, y desde hace poco más de una década se ha salido de control. El sargazo es una macroalga de flotación libre en el agua, que no es una amenaza por sí sola (de hecho, es un indicador de la salud del océano) pero cuya acumulación excesiva sí constituye un panorama crítico.

El cambio climático ha sido un factor determinante para que el sargazo comenzara a moverse por corrientes de agua que antes no frecuentaba, y su presencia en las costas es cada vez más recurrente. No solo en Perú sino también del otro lado del mapa, allí donde el Océano Atlántico se lo arrima con insistencia a varios países del Caribe.

Hace poco, el presidente de República Dominicana, Luis Abinader, fue contundente al decir que el sargazo “ya no es una anomalía sino una crisis”. Efectivamente, este macroalga parda trae problemas. Su abundancia tapa la luz del sol que necesitan los arrecifes, además de que su descomposición libera gases tóxicos tanto para la salud humana como animal. La biodiversidad se ve afectada e incluso el turismo que vive de las playas.

sargazo en Perú

Un residuo que se transforma en nuevos productos

La actividad pesquera también está atravesada por la problemática. Y ahí es donde están las mujeres de la Reserva Natural Paracas, desde hace 15 años, recolectando el sargazo.

Su aporte es fundamental. No solo porque colaboran con el equilibrio frente al panorama ambiental alterado y porque son claves para que el hombre no vea afectada sus tareas de pesca, sino porque son el primer eslabón en la cadena de una solución climática: el sargazo tiene propiedades ideales para fabricar nuevos productos.

Bioestimulantes para el agro, plásticos de origen biológico, productos cosméticos y la obtención de compuestos destinados a la industria farmacéutica, son algunos de los destinos que ya se le están dando al sargazo como un recurso de valor.

Del estigma al liderazgo: impacto social y económico del sargazo en Perú

Lejos en el tiempo quedó la humillante crítica: “Recogen basura”, les decían a estas mujeres, que ya no lo hacen libradas a la suerte de sus posibilidades sino que están representadas en alguna de las 28 organizaciones que conforman OSPAS (Organizaciones Sociales de Pescadores Artesanales). Es más: la mayoría tiene cargo de presidente o es referente del grupo.

La recolección de esta macroalga fue motor de desarrollo y crecimiento económico familiar para muchas de ellas. Pasaron de hacerlo de manera informal, como quien comienza movido por la curiosidad, a tener normas regulatorias. Por mes, logran juntar entre 10 y 15 toneladas de sargazo en total.

La movilidad social que les permitió la tarea de acopio se traduce en casa propia, independencia económica, educación formal de sus hijos. También les abrió espacios de organización comunitaria y participación formal en las organizaciones de OSPAS, desde donde tienen mayor injerencia en la representación de su “industria”, así como también planificar la venta de sargazo con mayor autonomía.