Jóvenes mexicanos impulsan la caficultura sostenible

Al sur de México, un grupo de jóvenes trabaja en un modelo de caficultura sostenible que convive de forma armónica con el bosque, preservando su biodiversidad.

En Chiapas, al sur de México y en el límite con Guatemala, un grupo de 23 jóvenes trabajan en un modelo de caficultura sostenible que ha transformado la industria en la región y también su propia economía.

Se trata del programa Jóvenes renovando para el futuro, una iniciativa innovadora que lleva adelante la Fundación Solidaridad en conjunto con la cooperativa Comon Yaj Noptic. A través del apoyo económico y técnico, brindan herramientas para implementar una caficultura sostenible y rentable, que además les permita a los jóvenes construir un futuro más prometedor.

Producir café en México, una proeza llena de contratiempos

La industria cafetalera en Chiapas enfrenta varios desafíos. La falta de relevo generacional, la escasez de recursos financieros y los efectos del cambio climático afectan de manera directa, en un país en donde además el 90% de los productores son pequeños.

El promedio de sacos de café (cada uno pesa alrededor de 60 kg.) por familia en México es de 7 a 8 sacos por hectárea. Un número demasiado lejano en comparación con países líderes como Brasil o Vietnam, que llegan a producir hasta 60.

Los caficultores enfrentan dificultades debido a la baja rentabilidad del café tradicional, un modelo que no ofrece incentivos para las nuevas generaciones. De hecho, el promedio de edad de los productores de café en México es de 56 años, lo que genera una crisis de sucesión en el sector. Muchos jóvenes emigran a Estados Unidos en busca de oportunidades que no encuentran en su tierra natal.

Caficultura sostenible en tierras mexicanas

“El reto era cómo hacer que una producción orgánica fuera rentable para esos productores y que además fuera amigable con el ambiente, evitando contaminaciones e incrementando la calidad, con certificaciones orgánicas que les permitiera vender con holgura”, describe Javier Anaya, oficial de proyectos para Solidaridad.

El programa, distribuido en tres años, fue diseñado para ofrecer a los jóvenes acceso a plantas nuevas, fertilizantes orgánicos, compostas y asesoría técnica.

En el primer año, los participantes tuvieron que hacer la tarea más difícil: derribar las viejas plantaciones. Era un esfuerzo grande, pero necesario. Así, pudieron renovar sus fincas con nuevas variedades de café, más resistentes y productivas. En lugar de las 1800 plantas por hectárea que tenían, los nuevos cafetales pasaron a tener unas 5000 plantas por hectárea, lo que aumenta significativamente la productividad.

A lo largo de los dos primeros dos años, los jóvenes fueron acompañados para mejorar sus prácticas agrícolas, y capacitados con el modelo Climate Smart Coffee (CSC), un modelo de caficultura sostenible inteligente que permitió incrementar la productividad de las fincas, elevar los rendimientos por hectárea y promover la sustentabilidad.

“El proyecto está impulsando el relevo generacional”

Javier Anaya todavía se sorprende por los resultados logrados, como ocurrió con Alejandra Gurgúa y su unidad de producción familiar. La familia de Alejandra llegó a generar 30 sacos por hectárea, “una cosa que nunca había visto” en sus 40 años de trabajo en el rubro.

Ella es uno de los ejemplos del enfoque de género que tiene el programa. De hecho, de los 23 jóvenes que participan la gran mayoría son mujeres, que en una región con fuertes brechas de género han comenzado a tomar las riendas de sus fincas.

Alejandra, que ha logrado el grado Q como catadora (es decir, especialización profesional en la evaluación del café), reconoce que el apoyo económico que recibieron fue muy valioso. “Que hayan sido resueltas nuestras dudas y que nos hayan acompañado e impulsado es el mayor aprendizaje que hemos tenido”, cuenta.  “Pierdes el miedo al final de cuentas. Yo no me quedé nomás con ese recurso y con renovar la hectárea de café, sino que afortunadamente te llenas de esa motivación y sigues invirtiendo ya de manera personal”, agrega Alejandra.

Aldo Soriano, otro de los oficiales del programa de Solidaridad, explica el valor que tiene que sean los jóvenes quienes impulsen el sector para reemplazar a personas mayores: “La edad avanzada hace que no tengan la misma fuerza para trabajar en sus parcelas. Esa parte está impulsando el relevo generacional. Principalmente para que tomen las riendas de las fincas de café”.

“Con este nuevo impulso, tener nuevas parcelas de alta densidad, nuevas variedades, con prácticas sustentables, principalmente cuidando el medioambiente, la parte económica, la parte social, ha sido positivo. Los productores y técnicos formados ya visualizan un futuro para la comunidad”, agrega.

caficultura sostenible en méxico

Impacto social, económico y ambiental de la producción de café

El programa ha tenido un impacto positivo tanto en lo económico como en lo social. En lo económico, permitió que los jóvenes caficultores aumenten su producción y, por ende, sus ingresos. Los créditos a largo plazo ofrecidos por la cooperativa han facilitado la renovación de los cafetales, y los productores ahora tienen acceso a un mercado más amplio, con la posibilidad de exportar su café a países como Estados Unidos.

En lo social, el proyecto ha fomentado la inclusión de las mujeres en la cadena productiva y también fortaleció las comunidades del territorio. En lo ambiental, posibilitó el trabajo con prácticas sustentables y en convivencia con el ambiente.

Protección de la Biósfera del Triunfo, integración sostenible

Un aspecto fundamental del proyecto es su integración con la Biósfera El Triunfo, un gran bosque de niebla que es una de las reservas naturales más importantes de México, presente en Chiapas y cercana a las comunidades que viven en la zona.

Esta área, rica en biodiversidad y hogar de especies únicas, convive con la producción cafetalera de manera balanceada, e incluso tiene el visto bueno de la Comisión Nacional de Áreas Protegidas del país ya que no es un modelo agresivo y extractivo. Más bien todo lo contrario.

Javier Anaya explica que la idea es integrar una actividad económica sin alterar mayormente la parte de la cobertura forestal. De hecho, las prácticas se realizan en lo que se conoce como zona de amortiguamiento. Es una zona más externa y donde no se altera la flora y fauna del bosque, lejos de la zona núcleo.

“Normalmente no concebimos la caficultura como un monocultivo sino como un cultivo. Un cultivo debajo de un estrato arbóreo que es natural de la reserva, integrando árboles frutales y otros que fijen nitrógeno atmosférico y que además integren aspectos de forestería aprovechable”, dice.

Además, se utilizan prácticas agrícolas regenerativas, como la aplicación de compostas y el aprovechamiento de microorganismos presentes en las montañas, lo que contribuye a la economía circular y reduce la dependencia de insumos externos. “Entonces tienes un bosque de alta gama natural, con aprovechamiento familiar”.