Incendios, sequías e inundaciones en 2024: el año en que América Latina sintió los impactos climáticos
2024 el año en el que los impactos climáticos fueron históricamente extremos en la región. Se necesita una transición energética justa.
2024 el año en el que los impactos climáticos fueron históricamente extremos en la región. Se necesita una transición energética justa.
📌 Lo más importante
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América Latina vivió temperaturas récord, incendios y sequías que dejaron millones de personas afectadas.
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El último glaciar de Venezuela desapareció.
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Las lluvias torrenciales provocaron inundaciones sin precedentes en países como Brasil.
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Aunque la región lidera en energías renovables, la desigualdad sigue siendo un gran reto.
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Se necesita una transición energética justa, que no deje a nadie atrás.
El 2024 dejó una huella imborrable en América Latina. El clima, cada vez más impredecible y extremo, mostró su cara más feroz: calor agobiante, incendios forestales fuera de control, inundaciones históricas y sequías que secaron ríos y apagaron cosechas. Si aún había dudas sobre la crisis climática, este fue el año en que la región vivió los impactos climáticos en carne propia.
Según el informe más reciente de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), América Latina y el Caribe registraron una temperatura media 0,90 °C por encima del promedio. Esto convirtió al 2024 en uno de los años más calurosos desde que se tienen registros. Pero ese número no dice nada si no se traduce en realidades: cultivos perdidos, familias desplazadas, especies en riesgo, sistemas de salud colapsados. Los impactos climáticos no pueden analizarse en abstracto.
Un año de impactos climáticos extremos
En Venezuela, el glaciar Humboldt —el último que quedaba— se derritió por completo. Esto no es solo una imagen simbólica: es una advertencia. Los glaciares andinos abastecen de agua a millones de personas. Su desaparición no es un problema de montañas lejanas: es una amenaza para ciudades enteras.
El calor extremo en países como México, Brasil y Argentina no solo rompió récords, también avivó incendios devastadores. En Chile, más de 130 personas murieron por las llamas. Fue el peor desastre natural desde el terremoto de 2010. Mientras tanto, el río Negro en la Amazonia brasileña bajó a su nivel más bajo en 112 años. La sequía dejó a comunidades sin agua y paralizó el transporte fluvial.
En el otro extremo del espectro, las lluvias torrenciales provocaron tragedias. Las inundaciones en el sur de Brasil afectaron a más de dos millones de personas. En Ecuador, Colombia y Haití, los deslizamientos y crecidas cobraron vidas y dejaron miles de damnificados.
Y en el Caribe, el huracán Beryl arrasó islas enteras. Fue el huracán de categoría 5 más temprano jamás registrado. En San Vicente y las Granadinas, dejó daños estimados en 700 millones de dólares.

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Una transición energética justa
No todo es negativo. América Latina tiene una ventaja frente a otras regiones: su matriz energética es una de las más limpias del mundo. En 2024, casi el 70 % de la electricidad vino de fuentes renovables como el sol, el viento y el agua.
Chile, Costa Rica y Uruguay han dado pasos importantes hacia un futuro más verde. Proyectos de energía solar y eólica avanzan rápidamente. Incluso se están usando herramientas de inteligencia artificial para predecir mejor el clima y optimizar el uso de la energía.
La solución no puede ser solo técnica. Una verdadera transición energética no se trata únicamente de cambiar carbón por paneles solares. Se trata de asegurar que todos —especialmente los más vulnerables— participen y se beneficien de este cambio.
Eso incluye acceso a energía asequible, empleos verdes dignos, respeto por los territorios y apoyo a las comunidades rurales que ya sufren los efectos del cambio climático.
También significa invertir en sistemas de alerta temprana, educación ambiental y servicios climáticos que permitan prevenir los impactos climáticos y salvar vidas.
¿Qué podemos hacer?
La crisis climática no es solo un asunto de gobiernos y científicos. Cada persona, cada comunidad, tiene un rol que jugar. Desde exigir políticas públicas más ambiciosas hasta cambiar nuestros hábitos de consumo, hay muchas formas de sumar.
Lo que no podemos hacer es mirar para otro lado. América Latina no puede darse el lujo de esperar. Porque el futuro —ese que parecía lejano— ya está aquí, y está calentándose.
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