BioEleven, la startup mendocina que transforma residuos agrícolas en productos textiles
Un emprendimiento argentino utiliza los residuos agrícolas del vino y verduras para crear nuevos productos para el hogar.
Un emprendimiento argentino utiliza los residuos agrícolas del vino y verduras para crear nuevos productos para el hogar.
“Acá se necesitan alternativas, algo tenemos que hacer”. Analía Funes Peleitay y Gabriela Negri se plantearon esa disyuntiva en uno de los epicentros de producción de vino más importantes del continente: la provincia de Mendoza, al oeste de Argentina.
La disyuntiva no tenía nada que ver con la industria vitivinícola precisamente, pero fue en la industria vitivinícola y los resíduos agrícolas que esta genera, donde encontraron respuestas.
La disyuntiva tenía que ver con la industria textil. Gabriela, diseñadora industrial, se estaba capacitando en biomateriales, y Analía, licenciada en diseño de indumentaria y textil, se estaba capacitando en sustentabilidad. En un rubro con altos niveles de contaminación, se propusieron buscar alternativas de producción sostenible.
“Empezamos a experimentar pensando desde el lugar en el que estamos. Dijimos: ‘Bueno, nosotros estamos situados en Mendoza. La industria líder que tenemos en Mendoza es la industria del vino’”, repasa Analía.
Residuos agrícolas provenientes del vino encuentran otra oportunidad
En efecto, Mendoza reúne el 80% de la producción de vino de todo la Argentina, y la motivación fue pensar en qué se hacía concretamente con todo el orujo, el descarte de la uva -su materia prima- que se desecha durante el proceso de fabricación.
Tras investigaciones y pruebas de laboratorio, certificación del INTI -Instituto Nacional de Tecnología Industrial– mediante, encontraron que este desecho podía dejar de ser solo eso y tenía las propiedades necesarias para transformarse en materia prima de nuevos productos. Biomateriales a partir de residuos de uva.
Les fue tan bien, incluso, que productores de tomate y ajo -verduras de grandes niveles de exportación en Mendoza-, se acercaron a ellas para ofrecerles sus descartes: la chala de ajo y la bagaza de tomate.
Así nació Bioeleven, una empresa que fabrica materiales biodegradables a partir del orujo de uva, la chala de ajo y la bagaza de tomate, una propuesta de economía circular e innovación local que no existía ni en la provincia ni en el país.
Bioeleven tiene dos líneas de productos: el principal es el de biotextiles, muy similar al cuero, que venden en formato de lámina como un insumo para que otros creativos generen diferentes tipos de productos, como lámparas, calzado, accesorios, marroquinería. La fruta y la verdura que usan como materia prima les permite tener variables de distintos colores.
La otra línea está enfocada en enoturismo y el rubro gastronómico para bodegas, compuesta por productos de packaging y merchandising.

Créditos: Bioeleven
¿Más allá del deseo de encontrar alternativas más sustentables dentro de la industria textil, qué panorama dentro del rubro veían que necesitaba de una propuesta como la de ustedes?
Las dos nos preguntábamos si la sustentabilidad era una moda y si se aplicaba realmente o no. Entonces empezamos a indagar sobre lo que estaba pasando con la industria textil, con los números tan altos de contaminación ambiental y la posición de industria muy contaminante. Dijimos: “Acá se necesitan alternativas, algo tenemos que hacer”.
Y lo primero fue la uva
Empezamos a experimentar pensando desde el lugar en el que estamos, Mendoza. La industria líder que tenemos en Mendoza es la industria del vino. ¿Qué se está haciendo con ese descarte? Empezamos a investigar cómo se estaba gestionando y a entender qué podíamos hacer para darle un valor y resignificarlo, convertido en un producto.
¿Qué volumen de producción tiene Bioeleven?
En estos años hemos venido haciendo transiciones, ha sido un crecimiento paulatino. Pasamos de una escala laboratorio a una escala semi-industrial. Y el año pasado ganamos el concurso nacional de Diseño Argentino Exponencial, que nos permitió tener un financiamiento para poder escalar. Hasta 2025 estábamos produciendo unas 50 láminas mensuales.
¿Y ahora?
Estamos en esa segunda etapa de escalada industria. Nos estamos instalando en un lugar nuevo -una bodega de Mendoza- y poniendo a punto la planta para permitir aumentar la escala en un 400%.
¿Cómo es el proceso de producción de los biomateriales?
Tenemos convenios con bodegas y productores, y les damos un pequeño protocolo para que ellos puedan enviarnos ese descarte seco y así nosotros hagamos el acopio. Lo clasificamos y hacemos una molienda. Después los combinamos con otros aglutinantes naturales y logramos una emulsión que volcamos en unas bandejas que luego pasan por un proceso de secado y se desmoldan. Y se logra ese tipo de material, que después lo dejamos secar unos días más para recién ahí empezar a manipularlo.
El producto es biodegradable así que puede ser devuelto a la tierra una vez finalizado su ciclo de vida. ¿Saben si el consumidor logra descartarlo como basura orgánica o eso será siempre un imponderable?
Para nosotros que sea biodegradable realmente es importante, porque ha sido lo que nos ha diferenciado de otros biomateriales que se comercializan en el mundo. Hay empresas en México, en Italia y en Perú que trabajan ya con biomateriales que también se pueden denominar bio-cueros o biotextiles, y que, si bien aprovechan un descarte, no son del todo biodegradables, o necesitan un proceso industrial y químico para biodegradar.
Ese para nosotros fue un gran desafío: poder diferenciarnos y que nuestro material realmente se pueda compostar y sea biodegradable. Que el consumidor logre hacer el compostaje o que entienda la importancia de la biodegradabilidad también depende de una educación ambiental que vamos haciendo. Cada vez hay más personas involucradas, interesadas y que se van comprometiendo con el cambio.

Créditos: Bioeleven
¿Qué propiedades tiene tanto el orujo de uva como la chala de ajo y el bagazo de tomate para ser reutilizada en nuevos productos?
Los tres se comportan de maneras diferentes. Nosotros con lo primero que empezamos a experimentar fue con el orujo de uva, y nos brindó una firmeza en el material y una resistencia que nos pareció única. Trabajando con los otros descartes también buscamos lograr esa misma resistencia, pero el acabado que tiene el orujo de uva… o sea, si no te decimos que es orujo de uva creés que es cuero original porque queda muy uniforme.
Además tiene un aroma muy particular. Como el cuero vacuno que tiene olor, el que hacemos con orujo de uva tiene un aroma particular. Y los otros, el descarte de tomate y ajo, nos permiten una muy buena paleta de colores y también son obviamente muy resistentes. Siempre tratamos de trabajar con tintes naturales.
¿Cómo recibieron los productores la idea de poder desprenderse de unos desechos que, quizás, siempre fueron un problema para ellos?
La verdad es que muy bien. Cuando empezamos estábamos solo con la industria vitivinícola y nos fue tan bien que los productores de ajo y tomate se nos acercaron para ofrecernos el descarte. No tuvimos que ir nosotros a buscarlos a ellos sino al revés. A la vez nos dieron otra posibilidad, porque estábamos en la búsqueda de generar otras alternativas de color y no lo estábamos pudiendo lograr, y con esta propuesta nos permitieron una paleta de colores nueva.
Una buena simbiosis
Es totalmente colaborativo. Ellos tienen que disponer de ese tiempo para poner el descarte a secar, luego a embolsar y después enviárnoslo. Entonces contamos mucho con esa buena predisposición de ellos y por suerte está funcionando muy bien, así que estamos súper agradecidos. Lo que para ellos es un descarte, para nosotras es materia prima.
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